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06/03/2008
 La Habana puede convertirse en una larga e incurable enfermedad para cualquiera de los mortales que haya puesto los pies en sus calles empedradas, se haya sumergido en los vericuetos de sus callejones, en la luminosidad de su Quinta Avenida, herencia de los vecinos del Norte; en los empalagos e histrionismos de su gente. La Habana es constante en los que buscan a Cuba. En los que llegan para confirmar sus sospechas del paraíso del ron, la mulata y el tabaco o los que simplemente rastrean la promesa del “sol bueno y mar de espuma” en la Mayor de las Antillas. Pero existe otro tipo de mortal, el que el destino quiso naciera en esta capital de las paradojas; donde el solo cruzar una calle separa lo viejo de lo nuevo, donde habita la mayor concentración de cubanos en el menor espacio de tierra, donde el mar no olvida que le arrebataron algo que le pertenecía e insiste- de cuando en cuando- en recuperarlo. Este se encuentra atado de por vida a la nostalgia de la ciudad, al deseo de sellar sus amores en los muros del malecón, principio y fin de todo en La Habana; a encontrarse en los parques del Vedado para dar solución a las crisis imposibles de este mundo. Este le canta a su ciudad dentro de ella, cuando la tiene lejos, cuando la odia o cuando la venera. Reconoce que esta Habana suya, mía, nuestra, “llora de noche”, pues se duele de sus heridas y le jura morir de amor y de ganas por andar sus calles. El habanero transforma su gentilicio en sinónimo de cosmopolita, de superior, de mezcla de toda Cuba y de todo el mundo. Mezcla donde convive el oloroso Barrio Chino, con sus maripositas, sus arroces... en perfecto concubinato con los frijoles y la carne de cerdo; o algo más alejado del centro de la ciudad, el poblado de Guanabacoa, cuna indiscutible de las más atemorizantes y enigmáticas religiones afrocubanas, con sus orishas, sus altares y sus toques de tambor. El cubano-habanero es un ser que trasciende las descripciones que desde otras tierras intentan enmarcarlo y restringirlo a aquel o este adjetivo. Cuando la nacionalidad cubana era apenas una distinción entre los nacidos en la lejana España y los autóctonos de esta tierra; ya Juana, Cuba o La llave de las Antillas…podía avizorar que sus hijos eran de una estirpe singular, para ellos hasta el momento desconocida. Después llegaron hombres preclaros que hicieron entrar a los diccionarios nacionales la palabra Patria, con la acepción fantástica del amor a un suelo que no te expulsa, a un verde que no se parece a ningún otro. Un sacerdote, un maestro, un iluminado bajo el nombre de Félix Varela, escribía que “no hay Patria sin virtud, ni virtud con impiedad” y de su verbo nacieron ideas que alimentaron a otros hombres, que tras sus huellas quisieron hacer más que un lugar de nacimiento por azar, esta isla caribeña. A partir de ese día los cubanos no hemos tenido descanso en la tarea de construir un porvenir que nunca acabamos de tener lo suficientemente claro, que nunca se torna asible, que nunca termina por pertenecernos. Y en esa lucha continua por el mañana, hemos perdido mucho en el camino. ¿Se nos ha ido agotando por los senderos tortuosos, el amor?¿Dónde está el barro que el poeta nos prometió convertir en maravilla solo invirtiendo pequeñas dosis de ternura? Soy de las que me resisto a creer en la inevitable condición deleznable del ser humano. Conozco de su imperfección, la padezco y la sufro; pero confío en la capacidad solamente humana de amar lo amable y lo tortuoso, lo imposible y lo divino. Espero por la cordura de mis semejantes que se traduzca tanto en la búsqueda de la paz dentro y fuera de mis fronteras, como en los buenos días al primer encuentro matutino. Cuántas veces penamos por la destrucción de un pasado glorioso en ciudades extranjeras, de nombres hasta ayer fuera de los medios masivos, que es casi como decir fuera de la realidad. Sin embargo, cuántas veces contemplamos imperturbables la caída del pasado propio o ponemos nuestras manos para apresurarla. La Habana- que no es solo de esos 2 millones de habitantes hacinados- ha padecido de nuestras cóleras desatinadas. Esa ciudad que es también metamorfosis, pues se resiste a ser única y describible. Ella es según los ojos que la miren. La parte antigua, el Casco Histórico o Habana Vieja- muchas definiciones de una misma maravilla- asombra al nuevo y viejo visitante por su capacidad de renacer de las cenizas como el ave Fénix, o por el temple de su Catedral, o por la originalidad de su Bodeguita del Medio, y sus testigo-paredes de grandes y pequeños degustadores de la típica comida cubana. Puede ser el edén de la diversión en cada esquina, en cada baile popular, en los cabarets, en su emblemático Tropicana... y mirando al este el mar, las arenas y su suma que resulta playas. Trasciende a conciencia las céntricas calles de Obispo, Carlos III o La Rampa: encanta con sus suburbios. Cruzando la bahía en la sempiterna “lanchita de Regla o de Casablanca” se llega a esos sitios de sonoros nombres, que guardan a una virgen adorada por muchos o al Cristo, vigilante desde su altura de los destinos de aquellos, que viven al otro lado del mar. Incluso cuando pensamos que ya no existe Habana más allá, aparece San Francisco de Paula, baluarte criollo del controvertido escritor norteamericano Ernest Hemingway. Y a cada paso encontramos a los novísimos edificios de los 80, en lucha perenne por desmarcarse de su absoluta monotonía. No existen recetas para curarse de la habanitis. Es inevitable el querer regresar una vez y otra y otra; y subir los 80 y tantos escalones de la colina universitaria para conversar con el Alma Mater, o darle tres vueltas a la ceiba del Templete para que nos conceda nuestros deseos, o visitar al Martí de la Plaza de la Revolución, o fotografiar y arriesgarse a montar en un camello- última invención cubana en materia de transporte -. Siempre se encuentra algo nuevo o a alguien nuevo. Siempre el Capitolio resulta impresionante, siempre los leones del paseo del Prado nos cuentan historias que solo ellos han descifrado, siempre existe un hombre o una mujer más bellos que la vez anterior. De ese misterio, de esa fascinación vive orgulloso ese mortal que quiso el destino naciera en alguna de sus capitalinas calles. Por eso cuando está lejos la idolatra y olvida los detalles que la hicieron sentirse fea, perdida. En esos momentos prevalece La Habana del ensueño, de las fotografías en la noche, del faro del Morro- primer anfitrión que da la bienvenida a los venidos del mar -; de los carnavales en pleno verano, en pleno calor. Se nos hace bella en su imperfección de ciudad hecha cada día, por seres que no terminan de merecérsela, que intentan vivirla y comprenderla y consentirla en sus caprichos. Y anhela regresar para una vez más sentirse isla, que es sentirse libre y prisionero al mismo tiempo. Terminar como siempre ha estado sin siquiera darse cuenta: a sus pies. Etiquetas: ciudad, destino  «Muero contento de que mi pintura no haya gustado a la gente que detesto.» Picabia Hoy quiero soñar un cuadro. Hoy voy a soñar un cuadro...Necesito perderme en el óleo, montarme en una pincelada, en un trazo sin comienzo ni fin. No quiero hacer pintura con mis sueños, quiero husmear en el cuadro soñado por otro; en ese que fue tomando forma después de las incoherencias o coherencias, de un Yo interno plástico, policromático, consecuente o desvariado entre Escuelas y pintores, entre la Academia y lo irreverente, lo loco, lo nuevo, lo post...Quiero ser protagonista del suceso de interpretar los ecos, los guiños del otro, de aquel que nunca conocimos pero atisbamos- suponemos-, por la línea, el dibujo, el matiz... Me dispongo a cerrar los ojos y sumirme en el ejercicio de soñar a destajo, adrede, con premeditación y alevosía. A interactuar con mi mente, con ese subconsciente que se resiste a encasillarse entre el Renacimiento y el Barroco; a escoger entre tantas diapositivas vistas, entre tantas páginas vueltas de algún libro, en alguna biblioteca personal o masiva...Diría que necesito poco y mucho a la vez, solo bastarían misterios insondables, espectacularidad, y una excitación poética, un éxtasis plástico que se traduzca en renovación, en algo aparentemente desconocido... Ando buscando una pintura, una sola, esa sola. Esa que se mueva con soltura entre lo místico, lo divino, entre lo puramente plástico y la indagación literaria. Y además que sea asible, coterránea, que allí donde esté no me sienta perdida; rodeada de luces que no son las mías, de espectros, de demonios que no me pertenecen. Al fin me siento seducida, atrapada en una selva fulgurante de color y desatino. Una selva que se hace de caña de azúcar y de lunas verdes; que no le debe nada a las intrincadas selvas amazónicas, a los pluviosos bosques americanos. Y es más la reconozco, sé que alguna vez he caminado en ella, que antes estuve acá, tal vez en otro sueño... Wilfredo Lam, nació entre lo más autóctono de la raíz cubana. Nació rodeado del campo, que es para muchos la esencia vital de la cubanía. Allí donde se fundieron para dar lugar a eso que hoy somos: lo que trajeron los peninsulares, lo que preservaron los africanos, lo que nos dejaron de los aborígenes. Ese campo que dio lugar al Guajiro Cubano con mayúsculas, porque es representativo de todo un ritmo, una manera de ser, de expresarse, de caminar, de amar. Pero en esa savia que había de beber desde la infancia en su natal Sagua la Grande, habría que incluir un componente especial que hace de la corporeidad Wilfredo Lam, muchísimo más que África, España...y eso es China. La majestuosa China con su cultura milenaria, sus ojos rasgados y su poderosa mente. Nacido con el sino del pintor, llega por primera vez a la Habana con el propósito desvariado de estudiar Derecho. Su naturaleza lo llevará a la Academia de San Alejandro, donde sufre el academicismo y desboca sus inquietudes plasmando toda una vegetación exuberante, que suple la resignación ante los inevitables motivos clásicos de sus profesores. España ya esperaba por él, y en ella otras limitantes academicistas, pero también El Prado con sus cuadros del Bosco, Brueghel y Goya. Entra en el taller de Álvarez de Sotomayor, pintor académico y director- además-, del Museo del Prado. Al mismo tiempo, asiste a la Academia Libre del pasaje de la Alhambra, centro de reunión de pintores jóvenes e inquietos. Catorce años donde se traslucen por vez primera, sus intereses sociales dentro de la pintura y donde se entremezclan una estructura geometrizante, con una cierta vena surrealista. Picasso, André Breton, son nombres que aparecen con fuerza dentro de la historia de Wilfredo Lam. El primero, quien reconoció el genio del pintor en aquel cubano, y descubrió una obra que lejos de ser copia textual, se hermanaba con la suya; el segundo, hallando en la pintura de Lam los preceptos que el grupo de los surrealistas propugnaba, uniéndolo a este grupo y eligiéndole, como muestra de respeto entre artistas, para ilustrar su poema Fata Morgana. Estas relaciones fueron incentivo para fortalecer el interés de Lam por el arte negro y las divinidades africanas, que para él son sinónimo de autenticidad. Marcado por lo azares de la guerra, regresa a Cuba, a su tierra; el lugar donde, mejor que en ningún otro, lo visitan sus musas negras. En esta época la superficie de sus pinturas se llena de figuras femeninas con cabezas de astros, formas biomórficas, piernas que se funden con una vegetación asfixiante. Pinta sobre papel y esas pinturas son testimonios artísticos excepcionales de contextos diversos y búsquedas incesantes, que definieron su impronta y que lo condujeron, en un ascendente trabajo a la concepción de la Silla, la Jungla (en papel) y La Mañana verde.... Todo pintor tiene su Obra, esa gran obra que muchas veces no coincide con sus gustos, con aquello que él desearía se recordara de él...pero también esto escapa a su entera voluntad. Si se identifica a Velásquez con Las Meninas, a Goya con los Caprichos y los Disparates, a Lam se le conocerá como el pintor de La Jungla. Caminar dentro de La Jungla (1942-1943) puede significar enrolarse en la búsqueda incesante de lo cubano, de lo nuestro, de ensartar una realidad inatrapable, imposible de aprisionar en colores únicos, en proporciones estándares; hacer de lo real-maravilloso más que literatura, más que verde y calor y lluvia...Fusionar lo negro, con lo blanco, con lo chino, con el ajiaco trascendente que logra ser Cuba toda; saldar todas las deudas con nuestros pasados mestizos. Brazos, piernas, rostros, tijeras que quieren cortar todo lazo que nos mantenga inmóviles, romper las esposas de lo clásico y construir nuevas bases para la indagación plástica de lo caribeño, de lo antillano, de la insularidad... Aprehender un lenguaje desestabilizador de lo formal, principio de todas las rupturas, padre de la concepción de una pintura, que con remembranzas de Europa, quiere ser ella repasando sus referentes autóctonos o unificando ambas corrientes en un “todo fundido”, que ya no podrá ser de ninguna manera lo mismo. Me topo a cada momento con los personajes del panteón yoruba, que sobreviven sobre el verde azulado del fondo, a tono con la naturaleza cubana, cuerpo y alma ya, de la pintura toda. En esta Jungla, los mitos africanos gozan de vida dentro del paisaje cubano, dentro del cañaveral, tan lejos y a la vez tan cerca del Continente Negro. Y tiene un no se qué de tristeza, de lucha, de fidelidad a una verdad, de ser la voz de gente callada. Y no se equivocaron los que dijeron que La Jungla constituye el primer manifiesto plástico del Tercer Mundo. Un mundo que no es tercero por menor o intrascendente, sino que se debate en su pobreza y crea sobre ella; que hace de su realidad social o económica un disparo, una poesía...La Jungla es poesía con pintura, «porque la poesía es la lengua más antigua y elocuente de los hombres». Hay algo allá dentro que me produce un profundo ensimismamiento, como si ella me tomara por su pintor y me poseyera y me forzara a sentirme él, sentado frente al gran papel, en un estado similar. Este es un cuadro con memoria. Que recuerda a aquel hombre que una vez ante el Martirio de San Mauricio, de El Greco, obra que consideraba «la maravilla de las maravillas», sintiera que todavía le faltaba mucho para alcanzar la gloria del maestro. Solo cercano a los 40 se dijo: «Llegó el momento de hacer algo importante. La Jungla se asemeja a un rito, es un cuadro grave, minucioso, trazado con preocupación, con esfuerzo. En él son armoniosos la razón y los sentimientos, el análisis y lo intempestivo. Es un recuento de lo que fue Francia y España en la pintura de Lam. “ En él puse todo (...) mi interés por el arte africano y el polinesio, que me sirvieron de inspiración y desencadenaron una serie de motivaciones y de frecuentaciones inconscientes(...) Yo quería proseguir el penetrante camino emprendido por estas artes primitivas, aunque sin olvidar el rigor constructivo que observaron en sus obras Poussin y Cézanne.” A partir de este momento la obra de Lam se hace a la vez más legible y misteriosa. Más legible pictóricamente y más misteriosa en el terreno espiritual, puesto que nada ya nos recuerda los signos antes trazados. Si ocasionalmente se nos aparece el recuerdo de alguna forma, ésta ha sido objeto de una transposición, de una resignificación, tan acentuada, mezclada entre tantas otras, que resulta difícil la tarea de emparentarla con otras en el pasado. Lam es un artista de máxima potencia en sus estructuras, libres de formalismos, de convencionalismos. Es un pintor que se escabulle entre los que lo buscan dentro de la Escuela de París; los que aseguran encontrarlo como un pintor surrealista, como un cubista antillano, pero lejos está la mayoría de situarlo como representante de la pintura que realmente creó, aquella que guarda la emoción de los africanos que llegaron a Cuba, la que todavía yace escondida en sus cantos dolorosos...Es una pintura de reivindicaciones, de desagravio, de rescate del espíritu del arte negro, esclavizado también junto con ellos. Nacido no importa donde, en París, Marsella, España o allá en el barrio de Pogolloti, donde todo le hablaba de la naturaleza cubana, rodeado de plantas tropicales, con ejemplares autóctonos de nuestra flora. Es Wilfredo Lam sin dudas, el genio plástico cubano que se abrió al mundo más elocuentemente. Que produjo conmoción en grandes de la artes plásticas mundiales; que mayor debate encontró en el complejo anhelo de cernirlo junto al nombre de alguna escuela o tendencia. Se movió entre figuras hieráticas, misteriosas...al estilo Las señoritas de Avignon; pero gozó del placer de mostrarse tal cual y pintar a lo Lam, así de simple. Siento como que me estoy marchando. La Jungla me empieza a parecer lejana, como si justo ahora entendiera que duerme plácida en el Museo de Arte Moderno de New York, está como cercana al horizonte. Ya no estoy sumergida entre esa vegetación asfixiante y encantadora. Mis manos ya no asen las tijeras con las que intentamos(Lam y yo), romper y sacudirnos el destino trágico de estar unidos a Los Otros. No quiero irme, no sé cuando regresaré. ¡Impídanme el paso, por favor!.... Demasiado tarde, desperté...
Etiquetas: arte, vida  Esta es la historia de tres que fueron una. Costó noches de insomnio frente a monitores desgastados, planeando las letras mas fantásticas del mundo; pocos dineros invertidos en líquidos intangibles y esporádicos; luchas a brazo partido contra los partidarios del "no partido". Lágrimas por tristes, lágrimas por felices. Hombres que llegaron y que se fueron...y que llegaron. Política y sexo diseccionados frente a nuestros forenses ojos, labios y cerebros. Hoy se hablan, esta una que son tres, por monitores menos desgastados...los hombres siguen siendo los mismos; la política y el sexo se resisten a la autopsia y los dineros van y vienen. Pero esta historia de tres y una, permanece. Londres, Bochum y Miami...puntos cardinales de este encuentro de tres=una. “La nostalgia es la prostituta de la tristeza”, rezó Cabrera Infante, antes de ser difunto fuera de sus distantes Habanas. Ella se vende, a bajo precio, al mejor postor: una calle, el espejismo del mar, dos rostros y una sonrisa. Los teje y teje en la memoria y en las mañanas (para no ser una Penélope cualquiera) los fragmenta para acomodarse a la vida en otras calles, cuatro rostros nuevos y pocas carcajadas. Cuando pasas muchas noches de insomnios persistentementes nostálgicos, comienzas a creer que los sentimientos son cuantificables y que a medida que corre el calendario, o las millas, se agudizan o aligeran. Mi propia nostalgia tiene 90 millas; casi media hora de camino. Los tristes de Europa me pueden acusar de exagerada, teniendo en cuenta que la suya, a veces, hace escalas. Pero cada cual tiene su maleta de recuerdos, recursos para vivir y justificaciones para partir. Hay quienes viven todo su tiempo ignorando cuanto meten en esa maleta y el día que les toca cargarla, tienen que pagar sobrepeso en los aviones. Pero no es fácil vivir con la nostalgia; comiendo por aquí y sintiendo por allá. Para todos los que ponen su cabeza en las noches en una almohada que todavía les sabe extraña, estamos escribiendo este blog. Para reencontrarnos en las calles de la red, como lo hacíamos en los baches de nuestra ciudad. Para colgarnos de un link, como si fuera un M6 a las 7:00 am. Caminémosle a la nostalgia, y si la agarramos de la mano de la utopía (la del reencuentro sin roñas, ni balas), tal vez lleguemos más lejos. Miami, la semiCuba, marzo 2008
07/03/2008
10/03/2008
 Partir. Un estallido de emociones encontradas. Emociones de amigos que parten, de amigos que despiden, de amigos que reciben. ¿De qué lado está la verdad, la razón? ¿En qué orilla son más legítimos los sentimientos? Fuerte, muy fuerte el contraste entre el "adiós" y el "welcome". Las despedidas son tristes por antonomasia. Mas cuando llevan implícita la irreversibilidad se vuelven crueles. Y es que algo definitivo, desgarrador, irrecuperable, se quiebra. A partir de ellas la vida se separa en "antes" y "después". Y no por consciente, por correcta, por lógica, la decisión quiebra menos. Ni menos duele. Atrás queda el contacto diario, o casi diario… el teléfono como testigo íntimo, discreto, de las mejores y peores noticias… las ocasiones, más o menos frecuentes (pero siempre posibles), de encuentros etílico-sentimentales para oír y decir, criticar y ser aconsejado… Queda sobre todo la certeza de tener al alcance el hombro irreemplazable donde apoyar las desventuras y celebrar los triunfos. Y queda la duda… ¿sobrevivirá tamaña complicidad? Solo algo es seguro: no faltarán esfuerzos irreductibles por rescatarla de la distancia. O reducir esa distancia. Y asumir el reto de reinaugurar la amistad en el reencuentro, con la ilusión de que nuestras esencias son más robustas que cualquier adversidad. Pero atrás quedó también la inocencia de la juventud, la ligereza de las responsabilidades, la frugalidad del tiempo y los compromisos. Un estilo de vida que no podrá emigrar, ni adaptarse, ni sobrevivir en tierras prestadas. Una manera de vivir a los amigos que no ajustará con la seriedad en el decir, las citas concertadas, la premura del tiempo, las cuentas por pagar. Y decir adiós a eso duele más que decirlo a los amigos. Alberto Barrios Etiquetas: amistad, adiós, país
11/03/2008
 Podría decirse que estas son memorias de “La LENIN”, memorias de “mi LENIN”, que también es tuya, aunque no fue nuestra. Tal vez no. Tal vez es la nostalgia que siento de quienes sé no volveré a ver por ahora, los que dejaron huellas imborrables. Sé que al final, solo un busco un pretexto para que lleguen a ti mis pensamientos, para hacerte sentir acompañado en esta soledad… nuestra soledad. Me pregunto cuántas veces nos cruzamos en un pasillo, o me preguntaste la hora, o bailamos juntos en una rueda de casino. Me has reprochado cien veces que nunca te vi y sin embargo tú tampoco te fijaste en mi. Después de perdernos, presumiblemente para siempre, y encontrarnos- luchando contra la probabilidad de no habernos conocido antes-, y hacerlo después en otro lugar no tan querido; creo que los milagros existen. Milagrosamente descubrimos que compartimos recuerdos de nuestra gran casa azul, que por haber sido vividos en el mismo tiempo y espacio, hoy son “nuestros recuerdos”, aunque no lo sospecháramos por aquellos días. Tenemos suerte. Tenemos aquellas memorias lejanas de las colas en el comedor (cola: esa palabra no podía faltar en este desorden de ideas que no quiero llamar “reflexión”), tú de un lado de la escalera y yo del otro; o de las rivalidades de un chequeo emulativo en nuestro anfiteatro natural (donde tal vez tú me mirabas con superioridad ante mi mirada de novata inocente). Pero más afortunados somos, por tener estas más cercanas memorias: otro encuentro en el mismo anfiteatro, ya sin rivalidad, donde otras caras inocentes nos miran con curiosidad, mientras nosotros añoramos nuestro tiempo de novatos; la cola en la garita para poder salir (siempre la cola) y aquella foto en el cartel de la entrada que no pudo ser. En estos años (no tantos), de desencuentros y encuentros, mis memorias se han enriquecido y desde hace algún tiempo (dos febreros para ser más exactos) se han convertido en “nuestras memorias”. Por eso te dedico este desorden de ideas (que insisto en no llamar “reflexión”); y sé que cada vez que pienses en “tu LENIN”, que también es mía… estarás pensando en mí.
Leisi Vigil Etiquetas: lenin, recuerdos, vocacional  Hoy mi Habana llora de emoción, de ser feliz, de ser canción…
Cantar a las ciudades, a sus calles, a su alma… ha sido recurrente motivo de inspiración en músicos de todas las latitudes. Cantan sobre todo a sí mismos, reflejados en ese espacio urbano que los define, atrae y retiene, como el más atrevido de los amores. Sus vidas, como suele suceder a los artistas, se disuelven en una amalgama cosmopolita que inspira pasiones y encantamientos, basados en una lealtad más allá de los límites humanos. Una ciudad jamás traiciona. New York, París, Venecia, Buenos Aires… han provocado algunos de los más antológicos temas de este tipo… Blues, boleros, tangos, jazzes… Gardeles, Aznavoures, Sinatras, Piazzolas… han compuesto o interpretado hermosas odas que compiten de a igual con las más bellas e inspiradoras deidades humanas. Pero sin ser un erudito en el tema, me atrevo a afirmar que mi ciudad, mi Habana, nuestra Habana… ha sido privilegiada como una de las más prolíferas musas citadinas del último siglo. Desde el jazz hasta el bolero, del guaguancó a la salsa, los más diversos géneros han sustentado los estímulos artísticos de los enamorados de la ciudad del Morro y el Malecón, del Caribe y su alquimia de encanto y estropicio. Extranjeros y nativos han sucumbido por igual a sus encantos. Los primeros, como aquellos “descubridores” antaño, brindan una particular mirada de deslumbramiento. Ya dijo Sabina que a la Habana, hasta el deterioro le sienta bien. Y razón le sobra. De los cubanos, dos miradas, dos voces de un solo pueblo. Los de adentro y los de afuera. Los de cerca, alabando a su ciudad de contrastes exquisitos, su cuna (por nacimiento o adopción)… su casa. Los de lejos, añorando su ciudad perdida, las calles que dejaron y ya no son las mismas, los recuerdos imborrables de esa… también su casa. No pretendo hacer una antología de las mejores canciones que la Habana ha provocado. Tan solo una selección personal, incompleta y abierta… apelando a la memoria y el sentir, de algunas que en mí, por feliz o por triste caricia, han dejado huellas. Desde el balcón que daba al malecón, un andaluz, profundo en sus textos y ríspido en el decir, habanero por decisión propia, veía cada mañana los peces de La Habana bailando con la historia un guaguancó… Joaquín Sabina no le canta a la ciudad, la evoca, la retrata… y la saca a recorrer el mundo. Muestra desde su Postal nuestras contradicciones, y reflexiona en sus textos siempre fértiles: Y en vez de las respuestas que buscaba, un ciclón de preguntas me esperaba, y en el desván del alma de la gente, dormía Silvio soñando con serpientes… Otro español, madrileño, de letras también inteligentes, y de posturas políticas más activas, no se resiste a la promesa (¿acaso estereotipo?) del amor ardiente de y en esta capital: La Habana es la ciudad donde los sueños aprenden a nadar… Así comienza, así define Alejandro Sanz el escenario de su historia cantada. Desde dentro son muchos, innumerables los creadores. Imposible evocarlos todos. Imperdonables los olvidos de cantautores desde Gerardo Alfonso y sus míticas sábanas blancas… hasta Amaury Pérez con otro tema no menos esencial. Otros tantos que le han cantado a la ciudad o la han tomado como pretexto imprescindible de sus historias, quedan en el limbo de los recuerdos. A cada escucha le evocará nuevos nombres y melodías. Ineludible me resulta Carlitos Varela con una que, para mí, es de sus mejores canciones. Versionada hasta la saciedad, su Habáname es poco menos que sublime. Nos hace sentirnos como él, hijos carnales de esta ciudad… y nos hace partícipes de un sentimiento embriagador que se hace música al decir: Habana, mi Habana…si bastara una canción para devolverte todo lo que el tiempo te quitó… Si supieras el dolor que siento cuando te canto y no entiendes que este llanto es por amor… No alcanzo comentarios. Un cuarteto singularísimo inmortalizó a su ciudad hace más de cuarenta años. Sigue conmoviendo con la misma intensidad de un poema escrito ayer. Un amor de ensueños… Habana, hermosa Habana, lindo es tu Prado, lindas son tus calles, bello es tu mar… Habana a ti llega mi canto, como gemir de violines, que solo tocan para ti… Regalo azul de una pieza angular de nuestra rica historia musical. Pero no solo para reflexionar sirve esta urbe cosmopolita… también y tan bien, para bailar, reír, tararear, joder… al mejor estilo cubano… y ahí están los Van Van pregonando aún (no sabían cuanta vigencia iban a mantener) que La Habana no aguanta más… Sigue Paulo FG, especulando con un tema que todavía hoy mueve a media ciudad, y remueve al resto del país. Aún en estos tiempos suena, resuena, y parece irrevocable su sentencia de que en la Habana nací y en la Habana me quiero morir… Perdurará igual, con un número que ya me parece imprescindible, Manolito Simonet anunciando su privilegio de vivir en la ciudad del swing, donde nunca se duerme, donde se une la noche con el día, donde se baila hasta que se amanece, donde se juega un buen dominó, un buen motivo pa la caldoza, un Doctor juega a la pelota, y de repente metió un jonrón… Por eso le gusta la Habana… a mí también… y somos muchos los locos por ella. Si las locuras la multiplican, las distancias reproducen la intensidad del sentir. Desde más lejos se ve más bonito, como reza Habana Abierta. La añoranza y la nostalgia son expresiones camaleónicas que se transforman fácilmente en canción y emoción. Alguien dijo que un lugar del que te vas, es un lugar al que no regresarás. No al mismo. Las ciudades, como los ríos, siguen su caudal, imperturbables, indetenibles. Pero el amor a la tierra es más hondo, y no entiende de consideraciones filosóficas. Ahí está Celia Cruz, tras casi cinco décadas de ausencia, llevando en su voz, comprometida, orgullosa, el nombre de la ciudad y el país que la vio nacer… sintiendo, intuyendo que de la Habana hasta aquí hay una corriente que a mí me llama… de la esquina del Prado hasta el rinconcito de Camarioca. También le cantó Blanca Rosa Gil, en una suave melodía, desgarradora en su voz. La ciudad le es esencial. Habana mi alegría está en ti, allí donde tú estás… Dolorosa en su pregunta: ¿Cuando la volveré a ver? Han pasado muchos años. La respuesta sigue siendo esquiva. Pero la Habana sigue ahí, aquí, irreverentemente majestuosa. Increíblemente digna. Hoy una nueva generación forma parte de la oleada de artistas, de músicos, que han dejado atrás… sin abandonar… la ciudad a la que cantaron… para buscar nuevos derroteros. Nos dejan sus textos, como ejemplo preclaro de su matrimonio eterno con la ciudad. Isaac Delgado nos reveló la clave para conocer a su Habana… precisamente caminando su malecón. Emblemático. Místico. Ahora lo contempla desde el otro lado del mar. Y seguramente lo siente igual. Aún se escucha decir que hoy mi Habana viste lo mejor, y más coqueta que una flor abre sus puertas y ventanas… Aún resuena la voz única, distintiva, de Xiomara Laugart… aún se oye su sentir a la capital… aunque su voz prestigie hoy escenarios de otros continentes. Y después de anunciar, como un torrente de desahogos que La Habana llora de noche, se duele de sus heridas, llorando lágrimas verdes, que han de salvarle la vida… los Tres de la Habana han cruzado también el mar, han ido en busca de tierra firme donde seguir creciendo en su arte. Aún desde la distancia, les llega el llanto de la ciudad. Y ahí, aquí… sigue enhiesta en su decadencia, sirviendo de inspiración a quienes necesitan, o no, asideros culturales como sostén idiosincrásico. Siguen habitándola, desde la lejanía física, desafiando husos horarios y coordenadas geográficas… Hoy miro a través de ti las calles de mi Habana… es tu alma y soledad la voz de esta nación cansada… Se le sufre tanto, o más, que desde adentro. Se extraña. Entrañable. Se anhela. Se sueña. Como a la ciudad imprescindible que es… Se carga con ella… y no hace falta pisar sus calles, ni sentir sus olores, ni despeinarse en su brisa marina… Se carga dentro… y no pesa, porque engrandece. La define impecablemente Habana Blues: En Madrid o en Nueva York, La Habana está en todas partes… porque la llevas contigo sin miedo a desarraigarte…
Alberto Barrios Etiquetas: habana, canción, música
17/03/2008
“Life is cancelled!!!!!!!!!!!!”, she thought after closing the door behind her. She carried her tiny suitcase of memories and nothing else. The personal belongings inspector took all her past and listed it in a big piece of paper: love, 3 letters and 20 photos; friends, too much; books, so smart. She couldn´t cry. Her eyes were dry. She went down the stairs and never looked back. She was scared: “I might become in a pillar of salt, like Lot´s wife.” Everything was strange around her: the man who held her hand, the dog who bit a bone, the car which lights blinded her. She was a strange for them too. She had a heart without address, a brain without a hook. The day after tomorrow could be the future, or not. She was living, right now, in a non-day- without beginning or end-, in a place without rules, with a dead-alive leader, and broken hopes. She was a sleeping beauty, awaked. But she was looking for something, or someone, or some…She was always looking. In the streets, she crossed her sight with a woman, whose lips formed a shiny smile and an inaudible “congratulation”. Her eyes showed a mixed sadness, a perfect nuance of feelings: “I need to go, but I have to stay”. Stayed where, when, for what? She stared her for an infinite little moment. She wanted to drink all the misery, beliefs and doubts in those eyes with a heavy charge of fear carried on. Instead of that, the woman eyes avoided her and focused in other eyes, big ones in a poster. Two eyes, one smile, one idea: “Vamos Bien”. Don´t forget about it, or him…Because he was there all the time. She walked away, one block, another…everything looked grey. She found that color for the first time in her life. When she was a child everything was white. Later, she grew up; thus, all became black, a pretty one or a dark one, but black. Grey was nice it, was middle tone, unfinished…She had the choice to complete by herself. In that moment, she remembered Mel Gibson’s phrase in a movie ending, just one word: FREEDOM. “Why am I thinking that?” She interrogated her watch and felt free. “Thankfully, time is an ally”. One thought came to her mind, she wished to be a movie character that could say anything or did anything. She desired to be Mel Gibson and screamed aloud: FREEDOM!!!!! FREEDOM????? Once upon a time, she took a plane. She kissed too many cheeks and a pair of lips with a very sweet taste inside. She missed those lips; that body, that soil, that noise….deeply in the plane, deeply inside her. She had been an artist hiding her feelings; only the plane could notice her anguish. In a while, she landed in a very warm place, almost as warm as her own place. At the door, she crossed her sight with another woman, whose lips formed a scandalous smile and her voice shouted a powerful “welcome”, while she looked in front of her a big poster with two eyes, one smile, and one idea: “we fixed her heart, so in ten years she can breaks…”. Finally, she found what she was looking for. She realized that she needed to be fixed, and there was the promise. She needed time, and they had promised ten years. She decided after, waiting for so long, and maybe in between, that would change the suitcase full of memories for a big one, the lips for the sweetest, the body…everything, except the soil, which always would be irreplaceable. She never said anything, but everybody heard her voice shouting: FREEDOM.
26/03/2008
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